LA AGONÍA DE LA SELVA
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- 17 jun 2021
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En la Amazonía peruana, las necesidades básicas como la salud son olvidadas. La pobreza de una población en lo más recóndito de la selva, agoniza ante la indiferencia. Los nativos de la región más repleta de petróleo ¿Deben sumergirse en aguas infestadas de oro negro para sobrevivir?
El médico infectólogo Fernando Osores recibía a cada uno de los pacientes que llegaban en busca de ayuda tanto mujeres, niños y ancianos tenían erupciones en la piel, náuseas y fiebre. Todo a causa del petróleo el cual fue derramado en la selva peruana. Antes del fatídico despertar de la Amazonía, la inmensa fauna y vegetación se imponían ante los ojos del mundo.
El 25 de enero del 2016 la afluente del río Chiriaco fue cubierta por tres mil barriles de petróleo. Las 10 comunidades que habitaban alrededor del río, perdieron sus sembríos de cacao y los peces que eran sustento para las familias. Luego de 15 días la población continuaba esperando ayuda por parte de las autoridades.
SERPIENTE DESANGRADA
El Oleoducto Norperuano tiene una longitud de 1106 kilómetros y atraviesa la costa, sierra y selva. Esa tarde a la altura del kilómetro 440 del ramal norte la gigantesca serpiente de acero se desangró, vertió su sangre negra sobre las transparentes aguas del río Chiriaco. La lluvia era eterna, el río se enfureció, se levantó y recorrió hasta la desembocadura con el río Marañón. Todo era arrastrado a su paso y cada rincón de lleno de vida desaparecía.
Jaime Cuñani de 43 años estaba sentado afuera de su cabaña de madera, no tenía la pierna derecha. Hace dos años la falta de medicina en su comunidad Nazareth contribuyó a que su extremidad terminara devorada por una infección. Desde la entrada de su casa escuchaba como el personal de Petroperú ofrecía pagar 300 nuevos soles por la recuperación de cada barril de oro negro.
La población se emocionó con tal ofrecimiento, para el hombre de una pierna la necesidad de poder conseguir dinero que ayudaría a sus cinco hijos y esposa era lo más anhelado. Su hijo de 12 años agarró un balde y se sumergió en las turbias aguas de lo que ahora era río de crudo. El niño vestía un short azul y un polo rojo, con sus manos intentaba conseguir todo el petróleo posible, sin darse cuenta que se exponía al peligro por el mísero pago que los ingenieros de Petroperú le dieron al final 2 nuevos soles.
INCERTIDUMBRE
El 22 de junio del 2014, Flor de María Paraná de 47 años estaba a orillas del río Marañón. Ese día un olor a combustible invadió sus pulmones mientras veía como las cristalinas aguas se transformaban en oscura viscosidad y los cuerpos inertes de los peces eran arrastrados hasta sus pies. En el kilómetro 42 del tramo I del oleoducto fueron derramados dos mil barriles de crudo.
El Oleoducto Norperuano había protagonizado una de las peores catástrofes. Desde la quebrada de Cuninico ubicado en el distrito de Urarinas, en Loreto. Paraná observaba con impotencia la destrucción de su comunidad.
Los pobladores de Pastaza, Urarina y Kukamira cansados de la contaminación de sus tierras y ríos. Exigen el rescate de su ambiente. El año 2017 el Ministerio de Salud realizó una evaluación a los pobladores y se detectó que recorren metales en su cuerpo, como el plomo y mercurio.
Los nativos viven en la incertidumbre y el miedo invade sus venas. No tienen agua, alimento ni medicina para enfrentar la catástrofe que carcome el corazón de su tierra. Y ahora también deben enfrentar el cruel incierto que trae una pandemia aún persistente en pleno 2021.
Autora: Helen Terrel

Fotografía: El Comercio





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