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SEPULCRO DE AGONÍA

¿Se imaginan que la tierra que los vio crecer quede sepultada en el olvido? Quizás no, pero los que sí, fueron aquellas personas que presenciaron como sus recuerdos se derrumbaron junto con todo su esfuerzo en Yungay.


El 31 de mayo de 1970, a las 3:23 de la tarde, se originó un terremoto de 7,8 grados en las costas de Casma y Chimbote, en Ancash; el más grande desastre que el Perú haya vivido antes. Fueron los 45 segundos más eternos que vivieron y los más intensos. Aquel terremoto trajo como consecuencia un aluvión que sepultó por completo la ciudad de Yungay, también en Ancash. Se contabilizaron cerca de 80000 muertos, 20000 desaparecidos y más de 143000 hospitalizados.


DERRUMBE


Amador Real Quispe natural del distrito de Matacoto. Comenta que cuando sucedió la tragedia tenía 20 años de edad, sin embargo, recuerda todo como si hubiera ocurrido el día de ayer. Aquel domingo con el sol radiante y resplandeciente, él se encontraba en su hogar a la entrada de Yungay Antiguo. El sonido de la radio fue interrumpido por un remezón que de pronto se calmó, pero no por mucho, ya que la tierra empezó a temblar provocando que la pista se rajara con furia.


Amador imaginó que eso era lo peor que podía pasar, pero no. Giró su cuello y vio como los cerros empezaron a derrumbarse formando una ola de polvo a 2 o 3 metros ya no se veía nada más que la desesperación de los habitantes. Quispe recuerda que la luz brillaba por su ausencia; la gente gritaba las tejas volaban embardadas por el terrible remezón.


Presenciar la partida de su madre producto de una lluvia de adobe fue lo que marcó hasta el día de hoy la vida de este hombre. Amador llegó a casa y su madre se encontraba en la puerta gritando “Mamacita, mamacita” bastaron 5 segundos para que solo alcanzara a ver a ver sus manos en vista que todo el adobe cayó sobre ella.


Quispe gritaba de dolor, pero un ruido desconocido lo empezó a desconcertar, ya no importaba nada puesto que estaba a punto de enfrentarse a su mayor enemigo. Una mole producto del desprendimiento del Nevado de Huascarán sobre la laguna Llanganuco, desbordándose hasta llegar a Yungay, arrastrando todo a su paso y que además estaba por alcanzarlo. Amador corrió por toda la plaza de armas aferrándose a la vida, hasta que llegó al cementerio Camposanto de Yungay. Por un momento creyó estar muerto ya que, sus manos eran las que sostenían todo su peso en una de las ventanillas.


Amador pasó la noche en aquel lugar y el 01 de junio pudo salir y ver como su tierra querida era parte de un recuerdo que no regresará jamás. Actualmente Amador tiene 70 años y vive en la ciudad de Cajamarca y tiene 5 hijos. “Yungay siempre vivirá en mí” finalizó Quispe.


SOBREVIVIENTES


Julio Mendoza Alaya se refugió en un circo mientras que todo pasaba, “tan solo era un niño” el mismo que salió de casa con rumbo al circo Merolina ya que se había levantado una carpa por motivo de la inauguración del mundial México 70.


El terremoto había culminado, pero la agonía y desesperación permanecían. Todas las casas, autos y pobladores fueron cubiertos por esa bestia de 2 metros que sepultó Yungay. Sumado a ello, no tenían electricidad ni alimentos. Lo único que se escuchaba eran los aviones de rescate que hasta ese momento no podían aterrizar en un lugar seguro y comenzar con la ayuda que los pobladores pedían a gritos.


Julio tenía tanta sed que tuvo que beber agua de la lluvia que por momentos aparecía. Pasaron 48 horas para que la policía aérea aterrizara en lo que había sido Yungay. Mendoza recuerda que a sus cortos 9 años jamás había valorado la vida como hasta ese momento.


Actualmente es parte de la Policía Nacional y ejerce el cargo de teniente en la comisaría de Villa el Salvador. Este suceso quedará guardado en la memoria de todos los pobladores, pero sobre estarán unidos por el dolor y las ganas de aferrarse a la vida.


Autora: Gabriela Fernández




Fotografía: Amador

 
 
 

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