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ADOCTRINAMIENTO EN EL DISTRITO ÁRDIDO

Actualizado: 11 jun 2021

Una cegadora sucesión de recuerdos devela que los gritos de la muerte son peores que cualquier tomento. La situación en que se encontraba San Juan de Lurigancho era desesperanzadora, era unirte a un grupo armado o rezar, ¿pero a qué costo?


La historia y la geografía de los ochenta y noventa, según el historiador Álvaro Flores (53), revelan que el acecho de Sendero Luminoso, al distrito árido, tenía un fin estratégico: el copamiento de las dirigencias vecinales, salvaguardarse estratégicamente en un lugar descampado e implantar una ideología que iba en contra de la moral de un país. Diseccionar estos pasajes hacen que Flores acote que un 12 abril de 1985 fue apuntando en la cabeza con un arma de fuego. Este grupo armado, buscaba a personas que tenían influencia en grandes masas. Flores se negó, y de ello, solo recuerda una gran golpiza, un zumbido en el oído, y el dar gracias a Dios por estar con vida.


Luz verde


El 21 de noviembre de 1984, en la avenida Wiesse, Diego Argomedo (30): padre de familia y participe de la milicia peruana, manejaba una moto lineal con su esposa e hija, en dirección a su hogar. Con el faro delantero prendido, observó que metros más adelante iba a ser acorralado por dos camionetas. Si seguía en curso hubiera sido carne de cañón. Paró. Un hombre fornido con pasamontaña lo llamó por su apellido: “Sabemos quién eres, únete a la causa”


Argomedo, tenía bien cimentado sus ideales: “A mí me han formado para no luchar contra nuestros hermanos. No deseo participar en un grupo que desea dividir al Perú”

Por un momento sintió el murmullo subliminal de sus funciones fisiológicas. Sentía como ese tejido conjuntivo llamada piel, se mojaba con el sudor.

Los terroristas, lo conocían, sabían que él manejaba mucha gente. Si le hacían algo, iba a ser peligroso, paradójico o no, la semilla de la conciencia estaba plantada en el terreno de la existencia. Le dieron luz verde para salir: “Se respeta tu ideal, sigue manejando, solo no mires atrás.”


El olor a muerte le resultaba desagradable. Eran como la fragancia que emanaban las flores que llevaban mucho tiempo en el agua. Un aroma nauseabundo se impregnaba en sus fosas nasales. Era una señal. Hacer caso. La familia estaba unida por una soga invisible, un frágil cordón umbilical de ectoplasma, miedo y amor. El motor arrancó a todo dar en dirección a su morada. Sin mirar atrás. Con un futuro incierto.


Panfleto rojo


El rostro de Juan Melgarejo había perdido mucha personalidad. Sus rasgos se deformaron y adoptaron un aspecto arrugado. Su pelo oscuro y greñudo ya no tenía el brillo habitual. Su boca estaba ligeramente abierta. Sus dientes semichuecos superiores e inferiores, se encontraban separados por unos pocos centímetros. Y entre esa abertura de asombro, él se conduciría a un conducto en donde solo había oscuridad.


Para sus 25 años, cumplidos en 1986, el corte de luz ya era común, sin embargo, aún se le helaba la piel. El barrio, como él lo llama, Canto Grande, nunca había estado tan oscuro. La sustancia química de su cuerpo le decía que estaba muerto de miedo, y su cerebro, apenas podía recordar el rumbo que debía tomar. Redescubría sus nuevos temores y asentaba la fase de una filosofía reconocida: El temor a morir.


Una pared enorme e imperfecta que era usada como panfleto, yacía en sus narices.

Se imaginaba que ese grande conjunto de ladrillos y cemento, que era iluminada a tientas, sería lo último que vería. Disparos al aire, una hoz, un martillo, frases de adoctrinamientos casi ininteligibles y una frase mental de: “Corre, mierda” es lo que más recuerda. Melgarejo, aún siente temor de un conflicto armado: “Cada vez que escucho una noticia de Sendero, el corazón me late a mil, me siento hueco, como si me faltara algo”

Actualmente, uno de sus locales queda ubicado en el conocido mercado Valle Sagrado, cerca de esa pared panfletaria, muy unida a las añejas marcas que dejó la moto de Argomedo y muy impregnada en la historia del distrito árido que floreció apunta de lágrimas.


Autor: Lizardo Romero


Fuente- Libro: San Juan de Lurigancho su historia y su gente


 
 
 

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