EN BUSCA DE UN FUTURO MEJOR
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- 7 jun 2021
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Jóvenes que solo buscaban una oportunidad laboral terminaron calcinados dentro de un contenedor sin opción de escape. Todo el pueblo peruano escuchó, en vivo, sus últimas palabras. ¿Por qué las víctimas aceptaron trabajar en términos de esclavitud?
Hay veces que se juzga a las personas que por tomar un empleo informal los tachan de ignorantes e incumplidores de la ley. Pero hay que ver las dos caras de la misma moneda para poder sacar un juicio justo. Jorge Luis Huamán Villalobos (19) y Jovi Herrera Alania (21) fueron víctimas de la “esclavitud moderna” al ser encerrados con candado dentro de un contenedor del quinto piso de la galería Nicolini, principal zona comercial de Las Malvinas. Por 20 soles trabajaban de siete de la mañana hasta las siete de la noche los siete días de la semana. La razón para mantenerlos enjaulados como animales era para que no se robasen la mercancía.
Los jóvenes sabían que ese trato afectaba su integridad, hasta sus familiares les advertían. Pero habría que ser bien “salado” para que ocurriera una tragedia, como decía Jorge Luis. Lamentablemente el destino no cayó a su favor. A las 12:20 p.m. del jueves 22 de julio del 2017, el tercer piso inició una chispa de fuego que no tardía convertirse en incontrolables llamas de infierno hasta consumir toda la galería. Todo debido al contacto entre un encendedor y el thinner que se almacenaba. Jorge Luis y Jovi Herrera intentaron romper la puerta de acero, pero ni se inmutó. Lo único que les quedó es pedir auxilio a sus familiares para que los rescataran. Sacudieron los tubos fluorescentes por las rendijas para que puedan ubicarlos. Sin embargo, la ayuda nunca llegó. Todo el Perú escuchó las últimas palabras de los aterrados hombres.
VALIENTES CHAMBEADORES
Ambas víctimas vivían en un picante barrio de independencia. Desde pequeños tuvieron la iniciativa de combatir la pobreza que amenazaba a sus familias. Jorge Huamán ayudaba a sus padres y Jovi Herrera a su abuela, quien la consideraba como su madre. Como cualquier otro joven, tenían sueños que cumplir, pero la situación económica puede ser, casi siempre, el muro de los objetivos. Por ello, trabajaron duro limpiando lunas, vendiendo gorras, cargando pesados bultos, entre más, para salir adelante. Encontrar un trabajo fijo y estable era lo que querían. Cuando se les presentó la oportunidad no dudaron en tomarla.
El comerciante Jonny Coico Sirlopu junto con su esposa Vilma Zeña Santamaría, los contrataron. Su única chamba era borrar la marca “bamba” a unos tubos fluorescentes y reemplazarlo por la prestigiosa Phillips. Su destino era ser vendido a un mayor precio en el primer piso de la misma galería Nicolini. La única diferencia de este trabajo a los anteriores, era que aquí se les encerraba durante todo el día. Las únicas veces que tenían permitido salir era a la una de la tarde para almorzar, costeado por sus propios bolsillos. Esa fue la única necesidad básica que se les adquirió. ¿Ir al baño? ¡Aguántense!
ÚLTIMO LLAMADO
El día del incendio, después de cuatro horas de haber comenzado, Jovi Herrera dio un último llamado a su tío César Herrera: “Cuiden a mi hija (Catalina). Dile a mi mamá que no llore. Ya fue”. Después de las dolorosas palabras no se supo más de los jóvenes, hasta seis días después a las 9:45 de la noche. Encontraron los cuerpos carbonizados bajo una capa de tubos de fluorescentes, cerca de la rendija donde pidieron ser rescatados.
Después de un largo proceso, el 29 de junio del año siguiente, se sentenció a 35 años a Coico Sirlopu y a Zeña Santamaría, a 32 años por el delito de trata de personas agravada con fines de explotación laboral y esclavitud. Sin embargo, ambos apelaron. No se consideraban culpables. La madre de Jovi Herrera luchó para que dicho pedido no se cumpliera. Pero de nuevo, la mediocre injustica se hizo presente. La condena se redujo a 30 años para el comerciante y 15, para su esposa.
Así como Jorge Luis y Jovi Herrera, existen jóvenes que tienen la necesidad de salir adelante así sea por un trabajo informal, pero no por ello se debe menospreciar su valor como personas.
Autora: Dayanna Vargas

Fuente: El Comercio





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