MIEDO A DESAPARECER
- Impregnate de Historia

- 21 may 2021
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El mal augurio drena por las venas de cada distrito. Y San Juan de Lurigancho no es la excepción, solo que, en este caso, ese drenar es acuoso, y para ser exactos, es como el flote de la mierda en metáfora viva ¿Acaso el distrito más grande de esta ciudad pudo ser inundadas por aguas residuales?
Reina Quispe de 57 años alzaba la mirada al cielo como si se estuviera forzando tocar a Dios. Sentía que su corazón le iba más deprisa, como si intentara atravesarle el pecho. Imaginaba que de un momento a otro sus costillas se le quebrarían de tanto aguantar la respiración. Ese domingo 13 de enero del 2019, fue uno de los días más grises para aproximadamente dos mil personas, todo por la ruptura de varias tuberías de desagüe, en especial de la matriz Colector Canto Grande. La inundación de aguas hervidas llegó hasta la cintura de Reina y sus vecinos. Probablemente, algunos de ellos habían notado la saliente del agua, sin embargo, pocos tomaron importancia de tal fuga. En una casa aledaña a la de Reina, desde la parte superior de una escalera de cemento, el hijo de Cristian Torres observó como su padre, quien implementó su negocio, gracias a un préstamo bancario, veía su sueño truncado por la oleada putrefacta. Llegaba a atisbar como su progenitor se negaba aceptar lo ocurrido. Alonso Torres, relata que esa imagen sigue perenne en su mente, pese a que ya pasaron 2 años. Una imagen que lo obligó a decir: “San Juan de Lurigancho es cálido, tiene futuro, pero las cabezas que rigen el poder hacen lo que se les plazca. Ese día, papá perdió la fe”. AYUDA
El tiempo transcurría y no se avecinaba ni un tipo de ayuda. Los rayos de luz hacían su aparición y vaticinaban un buen día, pero paradójico o no, los vecinos del distrito árido no lo notaban. La señora Quispe, gracias a su hija, pudo ser salvaguardada en el segundo piso de su casa. Desde ese punto telescópico observó las calles inundadas, muebles mojados y vecinos que trataban de salir del lugar. Sin embargo, una luz de esperanza hizo su aparición.
El personal de Sedapal había llegado. Los agentes cortaron la luz para evitar cualquier tipo de accidente. El agua potable estaba contaminando a tal punto que de los caños salía agua de color marrón. La situación era tan crítica que no solo se necesitó de ellos, sino de bomberos, policías, el Ejército y las empresas privadas. Este equipo en conjunto pudo dar un apoyo inmediato a los damnificados. A la par, se dio el trabajo de drenaje, de tal modo que las personas pudieron evacuar del lugar. Ante los hechos ocurridos, una vez retornada la calma, se indemnizó a las familias afectadas. Sin embargo, ese dinero, no fue suficiente para reparar las pérdidas, relató Cristian.
SOLUCIÓN ETÉREA
Daniel García, quien es historiador, manejaba del centro de Lima a su distrito querido. Diseccionó parte del pasado y desmembró algunos acontecimientos producto de tal aniego: colas inmensas para recolectar agua, compra de baldes a sobreprecio, enfermedades gastrointestinales e infecciones. Las pequeñas fugas de agua, antes comunes, son ahora símbolo de alarma entre los vecinos. Pero eso ya pasó. Habían dado una solución de “remediar” tal accidente. Una solución que solo sirvió como una tira adhesiva sanitaria. Una curita que ya se despegó. La avenida Próceres de la Independencia aún tiene rezagos de lo ocurrido. Parece olvidada, casi como un neomacondo que tan solo le falta desaparecer. Las calles se han vuelto un caos. Las obras propuestas a reparar siguen sin ser refaccionadas. Ni la prosa más grandilocuente y alegre puede redimir lo sentido por Daniel: “Siento que el distrito que me vio crecer se jode. Somos el recuerdo de un libro sin llenar” Este sentir no está aislado al de los demás. Parece que todos se conectan: Reina, Cristian, Alonso y Daniel. Ese dolor etéreo no solo se restringe a un 13 de enero de un 2019, sino trasciende hasta la fecha.
Autor: Lizardo Romero

FOTO: Instituto Nacional de Defensa Civil del Perú





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